martes, 10 de enero de 2012

En tono amarillo




Se llamaba Maar Teen Aa y era tan mala, tan mala, que en el  lugar de la boca, tenía sólo una línea recta, para no sonreír. Sus ojos redonditos y oscuros se perdían, hundidos detrás de la gruesa nariz. Y sus pelos revoloteaban en rulos desordenados.

Era una mujer algo desaliñada y bastante vulgar. Pero sabía de artificios y hechicerías. Y  lograba que los demás la vieran hermosa. Ella se creía una verdadera reina, motivo por el cual había llegado a la antigua ciudad de Haarlen caminando lento, dándose aires y arrastrando un bulto y un bebé.

-       Pobre mujer.- Se había dicho Door Eeta, una anciana de cabellos
blancos y tendencias confianzudas. Y  le había dado albergue en su casa.

Al principio, todo funcionó muy bien. En apariencia, Maar Teen Aa era una mujer agradecida y buena. Y ninguna persona pudo imaginar por aquel entonces, lo que sucedería después.

Maar Teen Aa se levantaba cada mañana muy temprano y se encerraba en un cuartito al fondo de la casa. Nadie sabía con certeza qué sucedía allí dentro. Y, por más que a veces resonaban bombos, truenos y explosiones, no hubo quien se animara a curiosear.

Luego de un largo rato, la mujer salía lo más campante, tomaba con un brazo a Maar Teen (así había bautizado a su bebé) y  salía de paseo por la pequeña ciudad.

-       Caramba, caramba,,,- murmuraba cada vez que se cruzaba con
alguien, movía sus dedos dentro del bolsillo y hacía una pequeña inclinación de cabeza, a modo de saludo.

A su paso, la gente se iba sintiendo extrañamente triste y abatida. Y todo se comenzaba a teñir de amarillo, el mismo color de la amplia pollera de Maar Teen Aa. Pero nadie se daba cuenta, lo cual era un verdadero problema.

Para cuando Aalej llegó a Haarlen, el pequeño Maar Teen ya tenía cuatro años, y la ciudad completa parecía una yema de huevo. A Aalej, que venía de muy muy lejos ( y por eso hablaba tan extraño, como hilando versos),  una ciudad tan amarilla le llamó la atención. Y ni que hablar de la sorpresa que le dio que las gentes anduvieran tan cabizbajas, arrastrando los pies y lloriqueando por ahí.

Aalej y Maar Teen Aa se encontraron una mañana de enero. Enero en Haarlen es un mes muy frío y por aquellos días también lo era. La nieve caía como en cámara lenta, y Aalej se preguntaba por qué las cosas en ese sitio le resultaban tan monótonas, tan iguales.

-Estamos en enero.  Todo se ve amarillo.
¿Qué cuerno está pasando, que estoy tan aburrido? – preguntó
Aalej, abriendo muchísimo los ojos y Maar Teen Aa se dio cuenta enseguida de que ese hombre pequeñito y moreno no era de por ahí: no vestía del mismo color que todos los demás, no estaba triste y hablaba muy raro.

- Caramba, caramba…- respondió rápidamente Maar Teen Aa y movió sus dedos dentro del bolsillo.

Aalej sintió unas cosquillitas en el pecho y en las manos pero no se inquietó.

-       Buen día, me presento.- Dijo Aalej y extendió su brazo.- Recorro el mundo entero.
¿Qué cuerno está pasando, que a mí me pica un dedo?


Maar Teen Aa frunció el ceño, movió con rapidez su mano escondida y repitió:

-       Caramba, caramba…

- ¿Me dice Usted caramba, o es que no la oigo?
   Traigo bufanda a rayas, y hoy llevo mi gorro…

-       ¡Caramba, caramba!- repitió la mujer en voz más alta y unas
chispitas casi invisibles se escaparon de entre los pliegues de la pollera.

Aalej miraba a su alrededor con los ojos cada vez más abiertos. Un perrito blanco tuvo la mala suerte de pasar por ahí justo en el momento en el que las chispas blancas salían del bolsillo de Maar Teen Aa. Casi de inmediato el can se puso amarillo, su cola se escondió entre las patas traseras y las  orejas se le cayeron a los lados.

-       Iiiiuuuuuu, iiiiiuuuuuu- se lamentó el animalito.

- ¿Qué pasa, pobre perro? ¿Qué te está sucediendo?
  ¿Por qué estás amarillo? ¿Por qué tiembla tu cuerpo?

Maar Teen Aa entrecerró los párpados, aguzó su mirada y repitió:

-       ¡¡Caramba, caramba!! – dos chispas blancuzcas salieron como
escupidas por el bolsillo y volaron directo a la cabeza de Aalej.

-       ¡Epa! ¡Qué mala suerte! ¡Mujer, tenga cuidado!
Que casi da en mi ojo, pero cayó a un costado…

Maar Teen Aa estaba furiosa.  Sus pelos de medusa negra se erizaban y, con el viento, danzaban un baile maligno. Esta vez, la dama apretó los dientes y casi sin abrir la boca pronunció su maleficio:

-       ¡¡¡Ccccarrrammmbbba, cccccarrrrammmmbbba!!!

Fue inútil. Porque Aalej levantó su mano con tranquilidad y atrapó las chispitas en el aire, como quien ataja una pelota de ping-pong. Luego, separó los dedos, y de ellos salieron dos mariposas multicolores.

La malvada Maar Teen Aa no podía creer  lo que estaba sucediendo. Era la primera vez en su vida que alguien se le enfrentaba de esa forma. Dio dos pataditas en el suelo, respiró profundo y reanudó su hechizo con más fuerza:

-       ¡¡¡¡Cccccccarrrrrrammmmbbbbba, cccccccarrrrrrrammmmmbbbbbbaaaa!!!!

Cuando terminó de pronunciar la última letra de su encantamiento, ya Aalej había elevado su mano derecha y de ella había salido una varita de nada, sólo de brillo. Las dos chispas comenzaron a danzar alrededor de la varita luminosa. Y de pronto, pareció que esas dos estrellitas giratorias convocaban a las nuevas chispas, que iban brotando con apuro del bolsillo de la malhadada hechicera y se unían, una tras otra, en una ronda que más que ronda, parecía  una corona.

A Maar Teen Aa se le agotaron las chispas y las palabras. De pronto, ya no tuvo nada más para decir. Sacó su mano del bolsillo, caminó dos o tres pasitos y no le quedó más remedio que presenciar el maravilloso espectáculo de renovación que se inició en ese momento en Haarlen. Los edificios comenzaron a recobrar, de a uno por vez, sus tonos originales. Mágicamente, las personas volvieron a vestir trajes multicolores y recuperaron sus sonrisas.

Y de pronto, sin tantos amarillos de por medio,  a la bruja le cayó encima todo el negro de la ciudad. Y cada uno de los habitantes de Haarlen pudo contemplarla tal cual era en verdad: oscura, fea y deformada,

Maar Teen Aa reconoció en la mirada de los otros que había perdido su magia. Se tapó la cara con la vergüenza en las manos, buscó su bultito, tironeó del brazo de su hijo y, sin decir ni una palabra, desapareció para siempre.

Y qué pasó con Aalej, se preguntarán ustedes. Pues bien, Aalej también se marchó de allí en silencio. Y algunos dicen que lo vieron antes de que se fuera. Cuentan que tenía una varita y que llevaba un gorro brillante y puntiagudo. Y tal vez sea cierto, pero es raro. Porque a los magos buenos, a los que utilizan sus poderes para hacer el bien, los artificios casi nunca se les notan.