viernes, 23 de marzo de 2012

La princesa hechizada




Hace mucho, mucho tiempo, en aquellas  épocas en las que los castillos se elevaban altos y pinchaban con sus mástiles las nubes más gordas, vivían  un rey y una reina que deseaban tener un bebé más que nada en este mundo. La mujer encendió cientos de velas y rogó a todos los santos, hizo promesas y sacrificios hasta que los ángeles escucharon sus ruegos y  le concedieron el don de una pequeña hija.

Los reyes estaban felices con la bebé. La cuidaban amorosamente, la llenaban de mimos y de regalos, la protegían de todos los peligros con un ejército de lanceros.

La niña crecía sana y hermosa y en ese reino no había quién no estuviera orgulloso de la princesa. Todos los dones le habían sido dados: bondad, inteligencia, belleza... 

Pasó el tiempo y pronto se convirtió la niña en una jovencita muy alegre, que recorría el reino regalando a los demás todas sus virtudes. Los súbditos la esperaban ansiosos, pues allí donde ella iba, los capullos florecían con más colorido, las vacas daban más leche y los huertos rebosaban de frutos.
Sucedió una bella mañana de otoño, que en sus recorridos por los bosques se encontró la princesa con una anciana de horrible  apariencia y negras vestiduras. Su cara estaba arrugada y llena de granos gordísimos; sus ojos eran  enormes y brillaban con una extraña luz colorada y su nariz ganchuda parecía querer esconderse en la boca, pues llegaba hasta ella con su punta peluda.

La princesa trató de ser cortés a pesar de que el aspecto de la vieja la asustaba casi hasta hacerla llorar.

- Buenos días, buena mujer.- Saludó con voz temblorosa y algo insegura.

La anciana, que en verdad era una temible hechicera, respondió al saludo con algunas palabras masculladas e inentendibles.

- Es un hermoso día, ¿no le parece? - preguntó la princesa, queriendo ser gentil.

La hechicera la miró con rencor.

- El cielo está celeste, los pájaros revolotean por todas partes, las ardillas rompen sus nueces…
La anciana ya no aguantaba más. Parecía que de sus ojos salían rayos y centellas.

- Niña, ¿no te parece que hablas demasiado? - preguntó bruscamente, con una voz áspera.

- Discúlpeme, sólo quería ser amable, buena mujer.- La princesa trató de decir algo más, pero la bruja no se lo permitió. Furiosa improvisó con sus brazos unos movimientos redondeados en el aire, hizo unas morisquetas con la nariz y, con la fuerza de un trueno, gritó: - ¡Muy bien! ¡Si quieres hablar, pues entonces, vas a hablar! - Y finalizó de esa forma el maleficio.

El camino de regreso fue extraño. Los animales salían corriendo a su paso y es que la princesa no lograba mantener su boca cerrada. No paraba de hablar y de hablar.

A partir de ese momento, mientras hilaba, mientras comía, mientras paseaba y hasta mientras dormía, salían de su boca cientos de palabras, todas ordenadas y prolijas pero interminables, prolongadas,  duraderas.

El reino entero comenzó  a preocuparse, porque ya nadie lograba hilar o comer o pasear o dormir en paz. Los súbditos, que antes la habían admirado tanto, ahora le rehuían. En su presencia y con tanta charla, no lograban hacer bien sus labores.

Parecía que las palabras vertidas por la boca de la princesa inundaban los campos pues estaban fracasando los cultivos. Los huertos ya no daban frutos y las plantas no florecían y hasta había algunas, más débiles, que se marchitaban. Las vacas dejaron de regalar su leche, asustadas con tan inmenso barullo.

Los padres de la princesa, los reyes,  se preocuparon tanto, que convocaron a médicos y a hadas buscando una solución.

El primero en llegar fue el doctor de la corte, que le recetó una mezcla de tés y unas gotitas medicinales. La princesa ya casi estaba ahogada de tanto té que bebía y cada tres horas, puntualmente tomaba sus gotitas. Pero no pasó nada. De su boca siguieron saliendo cientos de palabras.

Una vieja curandera llegó luego y dijo que tenía el remedio. -Es cuestión de costumbre,- dijo, mientras empezaba a vendarle la boca a la princesa con un paño blanco y largo, - si no habla por un tiempo, no hablará más después.

Pero esta medida, además de incómoda (la princesa no podía comer ni beber ni bostezar ni reír), fue inútil: aún con la boca vendada, las palabras seguían escapándosele  inacabables.

Entonces se acercó suavemente un hada. Era hermosa, su vestido colorido brillaba como si estuviera bordado con mil hilos de oro. En su frente titilaba una pequeña estrella.

- Lo único que puedo hacer- dijo con una voz muy dulce- es que en lugar de palabras, salgan de sus labios otras cosas, más bonitas, más simpáticas tal vez, más silenciosas… El hechizo de la bruja es mucho más poderoso que toda mi magia junta.

Al principio, se escaparon de la boca de la princesa, cientos de pájaros. Pero las aves se comieron todas las semillas de los campos y de esa forma  arruinaron los sembrados.

Luego trataron de que le salieran sapos y ranas. Pero estos bichos no sólo le resultaban asquerosos a la princesa, además se iban amontonando en todos los rincones del reino y ya no se podía caminar tranquilo sin tropezar con alguno.

Más tarde, probaron con velloncitos de lana. Por un tiempo,  esta solución funcionó. Los vellones eran suaves y agradables al tacto y además, eran de mucha utilidad. Pero pronto los vellones fueron tantos tantos, que las hilanderas del reino no dieron abasto con semejante cantidad de lana, comenzaron a sentirse incómodas y apuradas, el trabajo empezó a salirles mal y vieron con desesperación que los cuartos del castillo no se vaciaban nunca, por el contrario, cada vez estaban más llenos.

Así que el rey volvió a convocar a todos al palacio, y entonces, un anciano consejero de la corte recomendó:

- Que se vaya por un tiempo a vivir al bosque. La soledad y el silencio le ayudarán muchísimo.

A la reina, le pareció una pésima idea. - ¿Sola en el bosque? ¿Y si le pasa algo? ¡Es muy peligroso!

Pero no había otra propuesta, así que todos terminaron aceptando.

Así fue que la princesa se mudó solitaria y bastante triste. Allí, aburrida, se sentó sobre una piedra, a orillas de un río finito y transparente, sin saber muy bien qué hacer. Las palabras no paraban de salir de su boca, por más que ella hiciera fuerza para mantenerla cerrada.

Entonces sucedió que de detrás de la roca en la que se hallaba sentada, salió un enano narigón y barbudo, que de muy mal humor, se quejó: - ¿¡A qué se debe tanto ruido!? ¿¡No se puede descansar tranquilo!?

Entre los muchos vocablos que se le escaparon a la princesa, algunos lograron explicar lo que estaba sucediendo.

El enano la miró de arriba  abajo. Luego, moviendo su pie con impaciencia, le respondió:

- Muy bien, yo puedo deshechizarte. Pero nada es gratis. Antes deberás develar algunos enigmas dificilísimos. ¿Cuántas son las cigarras que cantan en el verano en este árbol? ¿Qué es lo que brilla en el fondo del río en las mañanas de otoño? ¿Cómo hace este pequeño narciso para sobrevivir en el invierno? Y, ¿cuál es el pájaro que primero canta en la primavera?

Al principio, todo le resultó muy complicado, casi imposible. Las cigarras dejaban de hacer su música cuando la escuchaban, y así se hacía más complejo ubicarlas. Pero la princesa puso mucho empeño, se trepó al árbol, y fue descubriéndolas una tras otra, hasta alcanzar la totalidad.

En el momento en que dijo la cifra exacta - setenta y cinco-, se produjo un suceso casi milagroso. Hubo un instante de silencio. De ahí en más, cada día salían setenta y cinco palabras menos de su boca.

Llegó el otoño y la princesa se instaló a orillas del río, muy cerquita del agua. Si bien decía algunas palabras menos, aún eran muchos y muy sonoros los vocablos que se le escapaban irrefrenables. Lo que fuera que brillaba en el agua, todavía no había aparecido y la princesa empezó a sospechar que tanto ruido tenía algo que ver en el asunto. Así que mientras permanecía al lado del agua, se tapaba la boca con ambas manos y observaba con ojos enormes si algo cambiaba. Así logró atenuar levemente el bochinche y vio con sorpresa que cientos de cangrejitos dorados salían de sus cuevitas en busca de alimento.

El resplandor que salió en ese momento del fondo del río la cegó por un instante, pero ella igual deseó contar cuántos eran los cangrejos.

- Doscientos cinco- dijo en voz baja, un poco insegura. Y desde ese momento, cada día se le escurrieron doscientas cinco palabras menos.

Cuando llegó el invierno, la princesa ya era bastante más silenciosa. A fines del otoño, había buscado una planta de narcisos, y se había instalado muy cerquita, para ver qué pasaba con el frío.

Cayeron los primeros copos de nieve, y la plantita se fue achicando y secando y la princesa observó con desilusión que de ella ya no se veía nada. Igual se quedó allí muy tranquila, contando los días que faltaban para que terminara el invierno.

Pasaron los meses, y de pronto, una mañana, la despertó un rayito de sol muy luminoso y cálido, que acarició amorosamente la nieve y la fue derritiendo. Y allí donde había estado el narciso, se hizo un huequito y apareció como por arte de magia, un brote pequeño y verde.

- ¡El narciso duerme en el invierno!- gritó con alegría la princesa, - ¡Y tarda exactamente...  noventa y dos días en despertar!

De más está decir, que desde ahí, la princesa pronunció cada día noventa y dos palabras menos.

Ya era bastante poco lo que hablaba, pero de cualquier forma no podía controlar lo que salía de sus labios, así que no abandonó ni un momento su puesto de observación.

Ahora debía esperar a ver cuál era el pájaro que cantaba primero en la primavera. No fue demasiado lo que tuvo que aguardar. Muy pronto, casi en el mismo momento, en el que brotó el narciso, la princesa oyó un canto de una belleza singular. Aguzó el oído y prestó mucha atención.

Caminó hacia allí, de donde provenía el sonido melodioso. Arriba de un árbol, en lo más alto, un pajarito de pecho amarillo construía laborioso su nido y se entretenía cantando.

Largo rato se quedó la princesa observándolo. Tan bonito le parecía ahora todo, que ni se dio cuenta de que ya no estaba hablando.

Entonces, apareció el enano y le gritó malhumorado:

- ¡A casa! ¡A casa! ¡Fuera de acá! Ya no hay nada más que hacer por estos bosques. - La princesa agradecida se abalanzó sobre el enano y le tomó las manos afectuosamente en señal de gratitud. Y luego, mucho antes de que el enano pudiera gruñir, salió corriendo hacia su hogar.

Inmensa fue la felicidad del rey y de la reina al ver de regreso a su amada hija. En seguida, se organizaron grandes preparativos y en ese reino, hubo festejos durante tres días y tres noches.

Y cuentan aquellos que la conocieron, que la princesa, de allí en más, fue tan silenciosa como observadora, que se casó con un príncipe muy apuesto y que vivió rodeada de cariño y felicidad por el resto de su vida.





















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