Mostrando entradas con la etiqueta infantil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta infantil. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de agosto de 2011

Mnusú


Cuenta una antigua leyenda, que hace mucho mucho tiempo, vivían en un pequeño pueblo alejado, dos hermanos: Boto y Mnusú.

Boto era corpulento y algo barrigón. Usaba una larga túnica de color morado y se peinaba sus largos cabellos negros en pequeñísimas trencitas que caían hacia atrás.

Mnusú era bajito, aunque fuerte. Solía vestir con sencillez, con un taparrabos o un simple trapo cualquiera atado sobre su hombro. Se rapaba la cabeza y, a veces, la decoraba con pequeñas pintitas blancas formando algo así como una guarda.

Llegado el momento, como era costumbre en ese país, los dos hermanos se presentaron ante el rey para ofrecerle sus servicios.

El monarca era un hombre anciano y sabio. Los observó atentamente y luego entregó a cada uno, una parcela para que la cultivara a su antojo.

Boto recibió su tierra al este de la montaña. Llegó enseguida hasta allí y vio que era una zona muy verde y que poseía un pequeño arroyo de aguas claras.

No le fue difícil arrancar los pastos que sobraban y lanzar unas semillas de maíz, que muy pronto prosperaron y se hicieron hermosas plantitas.

Las tierras de Mnusú quedaban al oeste. Era ésa una zona seca y pedregosa.

Mnusú miró hacia todas partes y no vio agua por ningún lado. – Y ahora, ¿qué hago?- se preguntó. -Sin agua no voy a conseguir cosecha y sin cosecha, no tendré qué comer.

Pero no se dejó abatir así nomás, se arrodilló de inmediato y fue apartando una a una todas las piedras que encontraba en el suelo.

Luego, hundió sus dedos en el piso una y otra vez. De esa forma comenzó a cavar un pozo, que poco a poco se fue haciendo más y más profundo. Le llevó varias semanas, pero al fin, se encontró con un pequeño manantial. Entonces, afirmó los bordes del pozo con algunas de las piedras que había apartado, no fuera cosa que se le desmoronara la tierra y todo se echara a perder.

De ahí en más, debió sentarse a esperar. El pozo tenía que llenarse lo suficiente como para regar un campo entero.

Entonces, Mnusú decidió visitar a su hermano. Caminó toda la noche y, cuando los pájaros comenzaban a despertar al mundo con sus trinos, Mnusú vio a su hermano.

El muchacho panzón estaba sentado sobre una gran roca, bebiendo agua de un cuenco y espantándose las moscas con una enorme hoja verde.

-   Ey, hola. ¡Tanto tiempo! ¿Cómo van tus
cultivos?- preguntó Boto.

Mnusú observó el campo de su hermano. Era fresco, tenía agua, las semillas de maíz ya habían brotado y comenzaban a crecer con fuerza unas plantas preciosas.

-   Es injusto- pensó Mnusú, aunque no dijo nada. -¿Por
qué a mí me tocó un terreno tan difícil? ¿Qué hice yo para merecer esto?

Sin embargo, no se quejó, aprovechó el tiempo para charlar con su hermano (que no hacía más que esperar a que el maíz creciera por sí solo) y antes de que anocheciera, partió hacia su tierra.

Recorrió todo ese camino cabizbajo, un poco tristón, porque no le parecía demasiado justo que a su hermano le resultara todo así de fácil y, en cambio,  él tuviera que esforzarse tanto.

Cuando llegó a su campo, vio que el pozo ya estaba casi colmado de agua.

-   Bueno,- se dijo- al menos, una buena noticia.

Y se recostó debajo de un árbol, a la espera de que saliera el sol.

A la mañana, se sintió menos abatido. Tomó un palo y empezó a marcar surcos en la tierra. Por momentos era una ardua labor, pues en algunas partes el suelo estaba realmente seco y duro.

Tres días y tres noches debió trabajar Mnusú hasta terminar de trazar todo su campo. Pero al final, se sintió satisfecho y casi casi no pudo esperar a lanzar la semilla. La bolsa con la simiente colgaba de su hombro y el muchacho no hacía más que acariciarla. Pasaba la mano por las semillas de maíz y sonreía.

-   Al fin- se dijo.- Al fin voy a poder sembrar. ¡Ya
no aguanto más!

Con los primeros signos de la mañana, Mnusú se puso de pie de un salto y se colgó la bolsa de semillas y corrió hasta el primer surco. De manera amorosa, tomaba los manojitos de semilla y los iba dejando caer, poquito a poco en el lecho de tierra.

Cuando terminó de sembrar todo el terreno, ya era el atardecer. Igual buscó el cuenco más grande que pudo encontrar y empezó a regar los surcos. ¡Era un trabajo durísimo! Terminaba de dar agua a un lado de su campo y ya debía comenzar por el otro, tan secas eran esas tierras.

Mnusú estaba verdaderamente cansado. Trabajaba todo el tiempo. Sin embargo cada jornada lo dejaba satisfecho y el muchacho dormía como nadie. Por las mañanas se levantaba contento y recomenzaba sin protestas el riego de sus cultivos.

Mientras tanto, los maíces de Boto ya estaban maduros. Muy prontito les llegó el tiempo de la cosecha. El chico panzón miró su campo dorado con tranquilidad.

-   Mañana empiezo,- pensó. –Hoy estoy muy cansado.- Y
Boto se fue a dormir.

Al día siguiente, cuando el sol estuvo muy alto, Boto se levantó con pereza y se dijo:
-   Mañana empiezo.- Y dejó todo como estaba.

Por fin, al tercer día, se puso de pie dispuesto a hacer alguna cosa. Juntó cinco o seis maíces y se sintió agotado y tuvo que sentarse a descansar antes de recoger los siguientes cinco o seis maíces. Al final de toda una semana, tuvo amontonadas así nomás las mazorcas a un costado de su tierra.

Y llegó por fin el tiempo de la cosecha para Mnusú. El joven observó el cielo. Estaba claro y brillante y entonces, Mnusú agradeció a los dioses por haber sido tan bondadosos con él.

Tomó un gran lienzo y fue juntando uno tras otro, todos los maíces resplandecientes. Luego, los ubicó con cuidado sobre una tarima de madera que había fabricado especialmente para esto.

Cuando Mnusú tuvo su montaña de maíces dorados, la cubrió con el gran lienzo y fue a ver a su hermano.

Lo encontró otra vez descansando, a un lado de sus mazorcas amontonadas.

-   Cuidado,-le dijo- así como están, tus maíces corren
peligro.
-   ¿Peligro? ¿Qué peligro?
-   Bueno, para empezar, si llueve, se te van a
inundar. Si vienen los loros, te las van a comer. Y, no sé, cuántas otras cosas te podrían suceder. Debes tener más cuidado.
-   Bah,- respondió el hermano panzón- si pierdo esta
cosecha hago otra y listo. Total…

Llegó el anochecer y Mnusú regresó a sus tierras. Era una hermosa noche y, antes de ir a dormir, todavía permaneció un buen rato al lado de su cosecha. ¡Estaba tan orgulloso de su trabajo!

No pasó demasiado tiempo antes de que llegaran las bandadas de pájaros, entre ellos, los loros. Pasaron como una enorme nube verde por sobre las tierras de Mnusú, miraron un poco y, como los maíces estaban cubiertos y protegidos, no los encontraron.

Por supuesto, cuando llegaron al campo de Boto, no tuvieron ningún problema en dar con las mazorcas. Nada pudo hacer el hermano panzón para espantar a esos pájaros comilones. Al final del día, muy poco quedaba de su cosecha. Algunos maíces todavía se conservaban, pero Boto no hizo nada con ellos. Allí quedaron, mezclados con los marlos masticados.

Y entonces, tal como ya había anticipado Mnusú, llegaron las lluvias. Nada le pasó a su cosecha, porque estaba protegida sobre la tarima.

No hace falta decir, que las mazorcas de Boto se cubrieron de agua y de barro y que ya no sirvieron para nada.

Cuando llegó el día de comparecer frente al rey, Mnusú transportó su enorme carga dorada. Con gran orgullo se la ofreció a su rey, quien se mostró sumamente complacido.

Boto no tuvo nada que entregar. Estaba realmente triste. Aún tenía muchísimo que aprender.