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viernes, 30 de diciembre de 2011

Kitty Hawk

Johnny Moore se sienta en la arena y hace pocitos con los dedos. El viento sopla en sus oídos, le susurra que esté atento. Algo bueno va a pasar hoy.

    Las olas dibujan sonrisas blancas  y se ríen de la soledad de esas playas.

    Al fin llegan. Son sólo seis. Wilbur y Orville Wright, tres guardacostas  y  el tendero del pueblo, que se acerca  despacio y se detiene detrás suyo.

    Los hermanos y los guardacostas van arrastrando un aparato. Un planeador, dicen. Un avión. Allí todos saben que estos dos sólo sueñan con los pájaros. Los copian. Ya lo hicieron otras veces. Pero no les salió nada bien  y se volvieron  con la cabeza gacha a su casa en Dayton.

    - Están locos.- Dijo el padre de Johnny la última vez.- ¡A quién se le ocurre una cosa así! Por algo Dios sólo le dio pies al hombre.  Alas no.

    Y ahora están acá de nuevo. Porque ningún lugar reúne las condiciones que ofrece Kitty Hawk. Una playa amplia, un viento benévolo pero potente y, sobre todo, soledad.

Entre cuatro empujan el aparato hasta la colina. Orville se asegura de que no haya nadie cerca. Mira con desdén a su alrededor y saca una moneda del bolsillo.

    - ¿Cara o ceca?- le pregunta a su hermano.

    - Cara.- Le responde Wilbur.  Orville lanza el centavo al aire, lo ataja en el dorso de su mano y al descubrirlo observa el perfil de Lincoln.

    Wilbur sonríe. Lo va a hacer bien. Esta vez tiene que salir. Ya perfeccionaron las alas, arreglaron el eje de una hélice, calcularon la velocidad del viento. Hoy es el día ideal. No hay tiempo que perder.

    Sube al avión y enciende los motores. El ruido se apodera de las playas. Johnny Moore se tapa los oídos. Orville mira la hora.

    Johnny observa su reloj nuevo, ése que le regaló su padre la semana pasada, para su cumpleaños número trece. Son las diez y treinta y cinco. El aeroplano corre por la cabeza de la colina. Y protesta. Hace un ruido agrio. Los guardacostas se apartan y se ajustan las chaquetas. Orville observa a su hermano mayor con las manos en los bolsillos.

    - Lo está haciendo bien.- se dice.- Lo está haciendo bien.

    El planeador corre, se tambalea, corre, tose, se sacude, corre,  corre, corre… y  vuela.

    - ¡Sí!- grita Orville.- ¡Sí!- El avión vuela. Recorre doce segundos de aire. Vuela. Y desciende.

    Todos se atropellan  hasta ahí. El aparato no quedó muy lejos. Menos de una cuadra. Igual los presentes aplauden  y festejan.

    - Fue genial.-  Johnny mira su reloj.  Las diez y treinta y seis.  Parece que el corazón se le va a escapar con el viento. Respira. Nunca va a olvidar ese día.  Son las diez y treinta y seis minutos del 17 de diciembre de 1903.  Y éste fue el mejor minuto de su vida.