Si un durazno
no madura
va a la feria
y no disfruta.
viernes, 25 de mayo de 2012
viernes, 23 de marzo de 2012
La princesa hechizada
Hace mucho, mucho tiempo, en aquellas épocas en las que los castillos se elevaban altos y pinchaban con sus mástiles las nubes más gordas, vivían un rey y una reina que deseaban tener un bebé más que nada en este mundo. La mujer encendió cientos de velas y rogó a todos los santos, hizo promesas y sacrificios hasta que los ángeles escucharon sus ruegos y le concedieron el don de una pequeña hija.
Los reyes estaban felices con la bebé. La cuidaban amorosamente, la llenaban de mimos y de regalos, la protegían de todos los peligros con un ejército de lanceros.
La niña crecía sana y hermosa y en ese reino no había quién no estuviera orgulloso de la princesa. Todos los dones le habían sido dados: bondad, inteligencia, belleza...
Pasó el tiempo y pronto se convirtió la niña en una jovencita muy alegre, que recorría el reino regalando a los demás todas sus virtudes. Los súbditos la esperaban ansiosos, pues allí donde ella iba, los capullos florecían con más colorido, las vacas daban más leche y los huertos rebosaban de frutos.
Sucedió una bella mañana de otoño, que en sus recorridos por los bosques se encontró la princesa con una anciana de horrible apariencia y negras vestiduras. Su cara estaba arrugada y llena de granos gordísimos; sus ojos eran enormes y brillaban con una extraña luz colorada y su nariz ganchuda parecía querer esconderse en la boca, pues llegaba hasta ella con su punta peluda.
La princesa trató de ser cortés a pesar de que el aspecto de la vieja la asustaba casi hasta hacerla llorar.
- Buenos días, buena mujer.- Saludó con voz temblorosa y algo insegura.
La anciana, que en verdad era una temible hechicera, respondió al saludo con algunas palabras masculladas e inentendibles.
- Es un hermoso día, ¿no le parece? - preguntó la princesa, queriendo ser gentil.
La hechicera la miró con rencor.
- El cielo está celeste, los pájaros revolotean por todas partes, las ardillas rompen sus nueces…
La anciana ya no aguantaba más. Parecía que de sus ojos salían rayos y centellas.
- Niña, ¿no te parece que hablas demasiado? - preguntó bruscamente, con una voz áspera.
- Discúlpeme, sólo quería ser amable, buena mujer.- La princesa trató de decir algo más, pero la bruja no se lo permitió. Furiosa improvisó con sus brazos unos movimientos redondeados en el aire, hizo unas morisquetas con la nariz y, con la fuerza de un trueno, gritó: - ¡Muy bien! ¡Si quieres hablar, pues entonces, vas a hablar! - Y finalizó de esa forma el maleficio.
El camino de regreso fue extraño. Los animales salían corriendo a su paso y es que la princesa no lograba mantener su boca cerrada. No paraba de hablar y de hablar.
A partir de ese momento, mientras hilaba, mientras comía, mientras paseaba y hasta mientras dormía, salían de su boca cientos de palabras, todas ordenadas y prolijas pero interminables, prolongadas, duraderas.
El reino entero comenzó a preocuparse, porque ya nadie lograba hilar o comer o pasear o dormir en paz. Los súbditos, que antes la habían admirado tanto, ahora le rehuían. En su presencia y con tanta charla, no lograban hacer bien sus labores.
Parecía que las palabras vertidas por la boca de la princesa inundaban los campos pues estaban fracasando los cultivos. Los huertos ya no daban frutos y las plantas no florecían y hasta había algunas, más débiles, que se marchitaban. Las vacas dejaron de regalar su leche, asustadas con tan inmenso barullo.
Los padres de la princesa, los reyes, se preocuparon tanto, que convocaron a médicos y a hadas buscando una solución.
El primero en llegar fue el doctor de la corte, que le recetó una mezcla de tés y unas gotitas medicinales. La princesa ya casi estaba ahogada de tanto té que bebía y cada tres horas, puntualmente tomaba sus gotitas. Pero no pasó nada. De su boca siguieron saliendo cientos de palabras.
Una vieja curandera llegó luego y dijo que tenía el remedio. -Es cuestión de costumbre,- dijo, mientras empezaba a vendarle la boca a la princesa con un paño blanco y largo, - si no habla por un tiempo, no hablará más después.
Pero esta medida, además de incómoda (la princesa no podía comer ni beber ni bostezar ni reír), fue inútil: aún con la boca vendada, las palabras seguían escapándosele inacabables.
Entonces se acercó suavemente un hada. Era hermosa, su vestido colorido brillaba como si estuviera bordado con mil hilos de oro. En su frente titilaba una pequeña estrella.
- Lo único que puedo hacer- dijo con una voz muy dulce- es que en lugar de palabras, salgan de sus labios otras cosas, más bonitas, más simpáticas tal vez, más silenciosas… El hechizo de la bruja es mucho más poderoso que toda mi magia junta.
Al principio, se escaparon de la boca de la princesa, cientos de pájaros. Pero las aves se comieron todas las semillas de los campos y de esa forma arruinaron los sembrados.
Luego trataron de que le salieran sapos y ranas. Pero estos bichos no sólo le resultaban asquerosos a la princesa, además se iban amontonando en todos los rincones del reino y ya no se podía caminar tranquilo sin tropezar con alguno.
Más tarde, probaron con velloncitos de lana. Por un tiempo, esta solución funcionó. Los vellones eran suaves y agradables al tacto y además, eran de mucha utilidad. Pero pronto los vellones fueron tantos tantos, que las hilanderas del reino no dieron abasto con semejante cantidad de lana, comenzaron a sentirse incómodas y apuradas, el trabajo empezó a salirles mal y vieron con desesperación que los cuartos del castillo no se vaciaban nunca, por el contrario, cada vez estaban más llenos.
Así que el rey volvió a convocar a todos al palacio, y entonces, un anciano consejero de la corte recomendó:
- Que se vaya por un tiempo a vivir al bosque. La soledad y el silencio le ayudarán muchísimo.
A la reina, le pareció una pésima idea. - ¿Sola en el bosque? ¿Y si le pasa algo? ¡Es muy peligroso!
Pero no había otra propuesta, así que todos terminaron aceptando.
Así fue que la princesa se mudó solitaria y bastante triste. Allí, aburrida, se sentó sobre una piedra, a orillas de un río finito y transparente, sin saber muy bien qué hacer. Las palabras no paraban de salir de su boca, por más que ella hiciera fuerza para mantenerla cerrada.
Entonces sucedió que de detrás de la roca en la que se hallaba sentada, salió un enano narigón y barbudo, que de muy mal humor, se quejó: - ¿¡A qué se debe tanto ruido!? ¿¡No se puede descansar tranquilo!?
Entre los muchos vocablos que se le escaparon a la princesa, algunos lograron explicar lo que estaba sucediendo.
El enano la miró de arriba abajo. Luego, moviendo su pie con impaciencia, le respondió:
- Muy bien, yo puedo deshechizarte. Pero nada es gratis. Antes deberás develar algunos enigmas dificilísimos. ¿Cuántas son las cigarras que cantan en el verano en este árbol? ¿Qué es lo que brilla en el fondo del río en las mañanas de otoño? ¿Cómo hace este pequeño narciso para sobrevivir en el invierno? Y, ¿cuál es el pájaro que primero canta en la primavera?
Al principio, todo le resultó muy complicado, casi imposible. Las cigarras dejaban de hacer su música cuando la escuchaban, y así se hacía más complejo ubicarlas. Pero la princesa puso mucho empeño, se trepó al árbol, y fue descubriéndolas una tras otra, hasta alcanzar la totalidad.
En el momento en que dijo la cifra exacta - setenta y cinco-, se produjo un suceso casi milagroso. Hubo un instante de silencio. De ahí en más, cada día salían setenta y cinco palabras menos de su boca.
Llegó el otoño y la princesa se instaló a orillas del río, muy cerquita del agua. Si bien decía algunas palabras menos, aún eran muchos y muy sonoros los vocablos que se le escapaban irrefrenables. Lo que fuera que brillaba en el agua, todavía no había aparecido y la princesa empezó a sospechar que tanto ruido tenía algo que ver en el asunto. Así que mientras permanecía al lado del agua, se tapaba la boca con ambas manos y observaba con ojos enormes si algo cambiaba. Así logró atenuar levemente el bochinche y vio con sorpresa que cientos de cangrejitos dorados salían de sus cuevitas en busca de alimento.
El resplandor que salió en ese momento del fondo del río la cegó por un instante, pero ella igual deseó contar cuántos eran los cangrejos.
- Doscientos cinco- dijo en voz baja, un poco insegura. Y desde ese momento, cada día se le escurrieron doscientas cinco palabras menos.
Cuando llegó el invierno, la princesa ya era bastante más silenciosa. A fines del otoño, había buscado una planta de narcisos, y se había instalado muy cerquita, para ver qué pasaba con el frío.
Cayeron los primeros copos de nieve, y la plantita se fue achicando y secando y la princesa observó con desilusión que de ella ya no se veía nada. Igual se quedó allí muy tranquila, contando los días que faltaban para que terminara el invierno.
Pasaron los meses, y de pronto, una mañana, la despertó un rayito de sol muy luminoso y cálido, que acarició amorosamente la nieve y la fue derritiendo. Y allí donde había estado el narciso, se hizo un huequito y apareció como por arte de magia, un brote pequeño y verde.
- ¡El narciso duerme en el invierno!- gritó con alegría la princesa, - ¡Y tarda exactamente... noventa y dos días en despertar!
De más está decir, que desde ahí, la princesa pronunció cada día noventa y dos palabras menos.
Ya era bastante poco lo que hablaba, pero de cualquier forma no podía controlar lo que salía de sus labios, así que no abandonó ni un momento su puesto de observación.
Ahora debía esperar a ver cuál era el pájaro que cantaba primero en la primavera. No fue demasiado lo que tuvo que aguardar. Muy pronto, casi en el mismo momento, en el que brotó el narciso, la princesa oyó un canto de una belleza singular. Aguzó el oído y prestó mucha atención.
Caminó hacia allí, de donde provenía el sonido melodioso. Arriba de un árbol, en lo más alto, un pajarito de pecho amarillo construía laborioso su nido y se entretenía cantando.
Largo rato se quedó la princesa observándolo. Tan bonito le parecía ahora todo, que ni se dio cuenta de que ya no estaba hablando.
Entonces, apareció el enano y le gritó malhumorado:
- ¡A casa! ¡A casa! ¡Fuera de acá! Ya no hay nada más que hacer por estos bosques. - La princesa agradecida se abalanzó sobre el enano y le tomó las manos afectuosamente en señal de gratitud. Y luego, mucho antes de que el enano pudiera gruñir, salió corriendo hacia su hogar.
Inmensa fue la felicidad del rey y de la reina al ver de regreso a su amada hija. En seguida, se organizaron grandes preparativos y en ese reino, hubo festejos durante tres días y tres noches.
Y cuentan aquellos que la conocieron, que la princesa, de allí en más, fue tan silenciosa como observadora, que se casó con un príncipe muy apuesto y que vivió rodeada de cariño y felicidad por el resto de su vida.
domingo, 18 de marzo de 2012
Las estrellas siempre corren.
Corren, corren y caminan
y todo el tiempo parece,
que jugaran escondidas.
¿O será que al viento temen?
¿O le temen a la vida?
¿O es que a las luces del barrio,
las estrellas siempre envidian?
Y dan la vuelta en la noche
y dan la vuelta en el día.
¿Y cuándo se quedarán quietas?
¿Cómo es que no nos miran?
martes, 10 de enero de 2012
En tono amarillo
Se llamaba Maar Teen Aa y era tan mala, tan mala, que en el lugar de la boca, tenía sólo una línea recta, para no sonreír. Sus ojos redonditos y oscuros se perdían, hundidos detrás de la gruesa nariz. Y sus pelos revoloteaban en rulos desordenados.
Era una mujer algo desaliñada y bastante vulgar. Pero sabía de artificios y hechicerías. Y lograba que los demás la vieran hermosa. Ella se creía una verdadera reina, motivo por el cual había llegado a la antigua ciudad de Haarlen caminando lento, dándose aires y arrastrando un bulto y un bebé.
- Pobre mujer.- Se había dicho Door Eeta, una anciana de cabellos
blancos y tendencias confianzudas. Y le había dado albergue en su casa.
Al principio, todo funcionó muy bien. En apariencia, Maar Teen Aa era una mujer agradecida y buena. Y ninguna persona pudo imaginar por aquel entonces, lo que sucedería después.
Maar Teen Aa se levantaba cada mañana muy temprano y se encerraba en un cuartito al fondo de la casa. Nadie sabía con certeza qué sucedía allí dentro. Y, por más que a veces resonaban bombos, truenos y explosiones, no hubo quien se animara a curiosear.
Luego de un largo rato, la mujer salía lo más campante, tomaba con un brazo a Maar Teen (así había bautizado a su bebé) y salía de paseo por la pequeña ciudad.
- Caramba, caramba,,,- murmuraba cada vez que se cruzaba con
alguien, movía sus dedos dentro del bolsillo y hacía una pequeña inclinación de cabeza, a modo de saludo.
A su paso, la gente se iba sintiendo extrañamente triste y abatida. Y todo se comenzaba a teñir de amarillo, el mismo color de la amplia pollera de Maar Teen Aa. Pero nadie se daba cuenta, lo cual era un verdadero problema.
Para cuando Aalej llegó a Haarlen, el pequeño Maar Teen ya tenía cuatro años, y la ciudad completa parecía una yema de huevo. A Aalej, que venía de muy muy lejos ( y por eso hablaba tan extraño, como hilando versos), una ciudad tan amarilla le llamó la atención. Y ni que hablar de la sorpresa que le dio que las gentes anduvieran tan cabizbajas, arrastrando los pies y lloriqueando por ahí.
Aalej y Maar Teen Aa se encontraron una mañana de enero. Enero en Haarlen es un mes muy frío y por aquellos días también lo era. La nieve caía como en cámara lenta, y Aalej se preguntaba por qué las cosas en ese sitio le resultaban tan monótonas, tan iguales.
-Estamos en enero. Todo se ve amarillo.
¿Qué cuerno está pasando, que estoy tan aburrido? – preguntó
Aalej, abriendo muchísimo los ojos y Maar Teen Aa se dio cuenta enseguida de que ese hombre pequeñito y moreno no era de por ahí: no vestía del mismo color que todos los demás, no estaba triste y hablaba muy raro.
- Caramba, caramba…- respondió rápidamente Maar Teen Aa y movió sus dedos dentro del bolsillo.
Aalej sintió unas cosquillitas en el pecho y en las manos pero no se inquietó.
- Buen día, me presento.- Dijo Aalej y extendió su brazo.- Recorro el mundo entero.
¿Qué cuerno está pasando, que a mí me pica un dedo?
Maar Teen Aa frunció el ceño, movió con rapidez su mano escondida y repitió:
- Caramba, caramba…
- ¿Me dice Usted caramba, o es que no la oigo?
Traigo bufanda a rayas, y hoy llevo mi gorro…
- ¡Caramba, caramba!- repitió la mujer en voz más alta y unas
chispitas casi invisibles se escaparon de entre los pliegues de la pollera.
Aalej miraba a su alrededor con los ojos cada vez más abiertos. Un perrito blanco tuvo la mala suerte de pasar por ahí justo en el momento en el que las chispas blancas salían del bolsillo de Maar Teen Aa. Casi de inmediato el can se puso amarillo, su cola se escondió entre las patas traseras y las orejas se le cayeron a los lados.
- Iiiiuuuuuu, iiiiiuuuuuu- se lamentó el animalito.
- ¿Qué pasa, pobre perro? ¿Qué te está sucediendo?
¿Por qué estás amarillo? ¿Por qué tiembla tu cuerpo?
Maar Teen Aa entrecerró los párpados, aguzó su mirada y repitió:
- ¡¡Caramba, caramba!! – dos chispas blancuzcas salieron como
escupidas por el bolsillo y volaron directo a la cabeza de Aalej.
- ¡Epa! ¡Qué mala suerte! ¡Mujer, tenga cuidado!
Que casi da en mi ojo, pero cayó a un costado…
Maar Teen Aa estaba furiosa. Sus pelos de medusa negra se erizaban y, con el viento, danzaban un baile maligno. Esta vez, la dama apretó los dientes y casi sin abrir la boca pronunció su maleficio:
- ¡¡¡Ccccarrrammmbbba, cccccarrrrammmmbbba!!!
Fue inútil. Porque Aalej levantó su mano con tranquilidad y atrapó las chispitas en el aire, como quien ataja una pelota de ping-pong. Luego, separó los dedos, y de ellos salieron dos mariposas multicolores.
La malvada Maar Teen Aa no podía creer lo que estaba sucediendo. Era la primera vez en su vida que alguien se le enfrentaba de esa forma. Dio dos pataditas en el suelo, respiró profundo y reanudó su hechizo con más fuerza:
- ¡¡¡¡Cccccccarrrrrrammmmbbbbba, cccccccarrrrrrrammmmmbbbbbbaaaa!!!!
Cuando terminó de pronunciar la última letra de su encantamiento, ya Aalej había elevado su mano derecha y de ella había salido una varita de nada, sólo de brillo. Las dos chispas comenzaron a danzar alrededor de la varita luminosa. Y de pronto, pareció que esas dos estrellitas giratorias convocaban a las nuevas chispas, que iban brotando con apuro del bolsillo de la malhadada hechicera y se unían, una tras otra, en una ronda que más que ronda, parecía una corona.
A Maar Teen Aa se le agotaron las chispas y las palabras. De pronto, ya no tuvo nada más para decir. Sacó su mano del bolsillo, caminó dos o tres pasitos y no le quedó más remedio que presenciar el maravilloso espectáculo de renovación que se inició en ese momento en Haarlen. Los edificios comenzaron a recobrar, de a uno por vez, sus tonos originales. Mágicamente, las personas volvieron a vestir trajes multicolores y recuperaron sus sonrisas.
Y de pronto, sin tantos amarillos de por medio, a la bruja le cayó encima todo el negro de la ciudad. Y cada uno de los habitantes de Haarlen pudo contemplarla tal cual era en verdad: oscura, fea y deformada,
Maar Teen Aa reconoció en la mirada de los otros que había perdido su magia. Se tapó la cara con la vergüenza en las manos, buscó su bultito, tironeó del brazo de su hijo y, sin decir ni una palabra, desapareció para siempre.
Y qué pasó con Aalej, se preguntarán ustedes. Pues bien, Aalej también se marchó de allí en silencio. Y algunos dicen que lo vieron antes de que se fuera. Cuentan que tenía una varita y que llevaba un gorro brillante y puntiagudo. Y tal vez sea cierto, pero es raro. Porque a los magos buenos, a los que utilizan sus poderes para hacer el bien, los artificios casi nunca se les notan.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Kitty Hawk
Johnny Moore se sienta en la arena y hace pocitos con los dedos. El viento sopla en sus oídos, le susurra que esté atento. Algo bueno va a pasar hoy.
Las olas dibujan sonrisas blancas y se ríen de la soledad de esas playas.
Al fin llegan. Son sólo seis. Wilbur y Orville Wright, tres guardacostas y el tendero del pueblo, que se acerca despacio y se detiene detrás suyo.
Los hermanos y los guardacostas van arrastrando un aparato. Un planeador, dicen. Un avión. Allí todos saben que estos dos sólo sueñan con los pájaros. Los copian. Ya lo hicieron otras veces. Pero no les salió nada bien y se volvieron con la cabeza gacha a su casa en Dayton.
- Están locos.- Dijo el padre de Johnny la última vez.- ¡A quién se le ocurre una cosa así! Por algo Dios sólo le dio pies al hombre. Alas no.
Y ahora están acá de nuevo. Porque ningún lugar reúne las condiciones que ofrece Kitty Hawk. Una playa amplia, un viento benévolo pero potente y, sobre todo, soledad.
Entre cuatro empujan el aparato hasta la colina. Orville se asegura de que no haya nadie cerca. Mira con desdén a su alrededor y saca una moneda del bolsillo.
- ¿Cara o ceca?- le pregunta a su hermano.
- Cara.- Le responde Wilbur. Orville lanza el centavo al aire, lo ataja en el dorso de su mano y al descubrirlo observa el perfil de Lincoln.
Wilbur sonríe. Lo va a hacer bien. Esta vez tiene que salir. Ya perfeccionaron las alas, arreglaron el eje de una hélice, calcularon la velocidad del viento. Hoy es el día ideal. No hay tiempo que perder.
Sube al avión y enciende los motores. El ruido se apodera de las playas. Johnny Moore se tapa los oídos. Orville mira la hora.
Johnny observa su reloj nuevo, ése que le regaló su padre la semana pasada, para su cumpleaños número trece. Son las diez y treinta y cinco. El aeroplano corre por la cabeza de la colina. Y protesta. Hace un ruido agrio. Los guardacostas se apartan y se ajustan las chaquetas. Orville observa a su hermano mayor con las manos en los bolsillos.
- Lo está haciendo bien.- se dice.- Lo está haciendo bien.
El planeador corre, se tambalea, corre, tose, se sacude, corre, corre, corre… y vuela.
- ¡Sí!- grita Orville.- ¡Sí!- El avión vuela. Recorre doce segundos de aire. Vuela. Y desciende.
Todos se atropellan hasta ahí. El aparato no quedó muy lejos. Menos de una cuadra. Igual los presentes aplauden y festejan.
- Fue genial.- Johnny mira su reloj. Las diez y treinta y seis. Parece que el corazón se le va a escapar con el viento. Respira. Nunca va a olvidar ese día. Son las diez y treinta y seis minutos del 17 de diciembre de 1903. Y éste fue el mejor minuto de su vida.
Las olas dibujan sonrisas blancas y se ríen de la soledad de esas playas.
Al fin llegan. Son sólo seis. Wilbur y Orville Wright, tres guardacostas y el tendero del pueblo, que se acerca despacio y se detiene detrás suyo.
Los hermanos y los guardacostas van arrastrando un aparato. Un planeador, dicen. Un avión. Allí todos saben que estos dos sólo sueñan con los pájaros. Los copian. Ya lo hicieron otras veces. Pero no les salió nada bien y se volvieron con la cabeza gacha a su casa en Dayton.
- Están locos.- Dijo el padre de Johnny la última vez.- ¡A quién se le ocurre una cosa así! Por algo Dios sólo le dio pies al hombre. Alas no.
Y ahora están acá de nuevo. Porque ningún lugar reúne las condiciones que ofrece Kitty Hawk. Una playa amplia, un viento benévolo pero potente y, sobre todo, soledad.
Entre cuatro empujan el aparato hasta la colina. Orville se asegura de que no haya nadie cerca. Mira con desdén a su alrededor y saca una moneda del bolsillo.
- ¿Cara o ceca?- le pregunta a su hermano.
- Cara.- Le responde Wilbur. Orville lanza el centavo al aire, lo ataja en el dorso de su mano y al descubrirlo observa el perfil de Lincoln.
Wilbur sonríe. Lo va a hacer bien. Esta vez tiene que salir. Ya perfeccionaron las alas, arreglaron el eje de una hélice, calcularon la velocidad del viento. Hoy es el día ideal. No hay tiempo que perder.
Sube al avión y enciende los motores. El ruido se apodera de las playas. Johnny Moore se tapa los oídos. Orville mira la hora.
Johnny observa su reloj nuevo, ése que le regaló su padre la semana pasada, para su cumpleaños número trece. Son las diez y treinta y cinco. El aeroplano corre por la cabeza de la colina. Y protesta. Hace un ruido agrio. Los guardacostas se apartan y se ajustan las chaquetas. Orville observa a su hermano mayor con las manos en los bolsillos.
- Lo está haciendo bien.- se dice.- Lo está haciendo bien.
El planeador corre, se tambalea, corre, tose, se sacude, corre, corre, corre… y vuela.
- ¡Sí!- grita Orville.- ¡Sí!- El avión vuela. Recorre doce segundos de aire. Vuela. Y desciende.
Todos se atropellan hasta ahí. El aparato no quedó muy lejos. Menos de una cuadra. Igual los presentes aplauden y festejan.
- Fue genial.- Johnny mira su reloj. Las diez y treinta y seis. Parece que el corazón se le va a escapar con el viento. Respira. Nunca va a olvidar ese día. Son las diez y treinta y seis minutos del 17 de diciembre de 1903. Y éste fue el mejor minuto de su vida.
domingo, 14 de agosto de 2011
Mnusú
Cuenta una antigua leyenda, que hace mucho mucho tiempo, vivían en un pequeño pueblo alejado, dos hermanos: Boto y Mnusú.
Boto era corpulento y algo barrigón. Usaba una larga túnica de color morado y se peinaba sus largos cabellos negros en pequeñísimas trencitas que caían hacia atrás.
Mnusú era bajito, aunque fuerte. Solía vestir con sencillez, con un taparrabos o un simple trapo cualquiera atado sobre su hombro. Se rapaba la cabeza y, a veces, la decoraba con pequeñas pintitas blancas formando algo así como una guarda.
Llegado el momento, como era costumbre en ese país, los dos hermanos se presentaron ante el rey para ofrecerle sus servicios.
El monarca era un hombre anciano y sabio. Los observó atentamente y luego entregó a cada uno, una parcela para que la cultivara a su antojo.
Boto recibió su tierra al este de la montaña. Llegó enseguida hasta allí y vio que era una zona muy verde y que poseía un pequeño arroyo de aguas claras.
No le fue difícil arrancar los pastos que sobraban y lanzar unas semillas de maíz, que muy pronto prosperaron y se hicieron hermosas plantitas.
Las tierras de Mnusú quedaban al oeste. Era ésa una zona seca y pedregosa.
Mnusú miró hacia todas partes y no vio agua por ningún lado. – Y ahora, ¿qué hago?- se preguntó. -Sin agua no voy a conseguir cosecha y sin cosecha, no tendré qué comer.
Pero no se dejó abatir así nomás, se arrodilló de inmediato y fue apartando una a una todas las piedras que encontraba en el suelo.
Luego, hundió sus dedos en el piso una y otra vez. De esa forma comenzó a cavar un pozo, que poco a poco se fue haciendo más y más profundo. Le llevó varias semanas, pero al fin, se encontró con un pequeño manantial. Entonces, afirmó los bordes del pozo con algunas de las piedras que había apartado, no fuera cosa que se le desmoronara la tierra y todo se echara a perder.
De ahí en más, debió sentarse a esperar. El pozo tenía que llenarse lo suficiente como para regar un campo entero.
Entonces, Mnusú decidió visitar a su hermano. Caminó toda la noche y, cuando los pájaros comenzaban a despertar al mundo con sus trinos, Mnusú vio a su hermano.
El muchacho panzón estaba sentado sobre una gran roca, bebiendo agua de un cuenco y espantándose las moscas con una enorme hoja verde.
- Ey, hola. ¡Tanto tiempo! ¿Cómo van tus
cultivos?- preguntó Boto.
Mnusú observó el campo de su hermano. Era fresco, tenía agua, las semillas de maíz ya habían brotado y comenzaban a crecer con fuerza unas plantas preciosas.
- Es injusto- pensó Mnusú, aunque no dijo nada. -¿Por
qué a mí me tocó un terreno tan difícil? ¿Qué hice yo para merecer esto?
Sin embargo, no se quejó, aprovechó el tiempo para charlar con su hermano (que no hacía más que esperar a que el maíz creciera por sí solo) y antes de que anocheciera, partió hacia su tierra.
Recorrió todo ese camino cabizbajo, un poco tristón, porque no le parecía demasiado justo que a su hermano le resultara todo así de fácil y, en cambio, él tuviera que esforzarse tanto.
Cuando llegó a su campo, vio que el pozo ya estaba casi colmado de agua.
- Bueno,- se dijo- al menos, una buena noticia.
Y se recostó debajo de un árbol, a la espera de que saliera el sol.
A la mañana, se sintió menos abatido. Tomó un palo y empezó a marcar surcos en la tierra. Por momentos era una ardua labor, pues en algunas partes el suelo estaba realmente seco y duro.
Tres días y tres noches debió trabajar Mnusú hasta terminar de trazar todo su campo. Pero al final, se sintió satisfecho y casi casi no pudo esperar a lanzar la semilla. La bolsa con la simiente colgaba de su hombro y el muchacho no hacía más que acariciarla. Pasaba la mano por las semillas de maíz y sonreía.
- Al fin- se dijo.- Al fin voy a poder sembrar. ¡Ya
no aguanto más!
Con los primeros signos de la mañana, Mnusú se puso de pie de un salto y se colgó la bolsa de semillas y corrió hasta el primer surco. De manera amorosa, tomaba los manojitos de semilla y los iba dejando caer, poquito a poco en el lecho de tierra.
Cuando terminó de sembrar todo el terreno, ya era el atardecer. Igual buscó el cuenco más grande que pudo encontrar y empezó a regar los surcos. ¡Era un trabajo durísimo! Terminaba de dar agua a un lado de su campo y ya debía comenzar por el otro, tan secas eran esas tierras.
Mnusú estaba verdaderamente cansado. Trabajaba todo el tiempo. Sin embargo cada jornada lo dejaba satisfecho y el muchacho dormía como nadie. Por las mañanas se levantaba contento y recomenzaba sin protestas el riego de sus cultivos.
Mientras tanto, los maíces de Boto ya estaban maduros. Muy prontito les llegó el tiempo de la cosecha. El chico panzón miró su campo dorado con tranquilidad.
- Mañana empiezo,- pensó. –Hoy estoy muy cansado.- Y
Boto se fue a dormir.
Al día siguiente, cuando el sol estuvo muy alto, Boto se levantó con pereza y se dijo:
- Mañana empiezo.- Y dejó todo como estaba.
Por fin, al tercer día, se puso de pie dispuesto a hacer alguna cosa. Juntó cinco o seis maíces y se sintió agotado y tuvo que sentarse a descansar antes de recoger los siguientes cinco o seis maíces. Al final de toda una semana, tuvo amontonadas así nomás las mazorcas a un costado de su tierra.
Y llegó por fin el tiempo de la cosecha para Mnusú. El joven observó el cielo. Estaba claro y brillante y entonces, Mnusú agradeció a los dioses por haber sido tan bondadosos con él.
Tomó un gran lienzo y fue juntando uno tras otro, todos los maíces resplandecientes. Luego, los ubicó con cuidado sobre una tarima de madera que había fabricado especialmente para esto.
Cuando Mnusú tuvo su montaña de maíces dorados, la cubrió con el gran lienzo y fue a ver a su hermano.
Lo encontró otra vez descansando, a un lado de sus mazorcas amontonadas.
- Cuidado,-le dijo- así como están, tus maíces corren
peligro.
- ¿Peligro? ¿Qué peligro?
- Bueno, para empezar, si llueve, se te van a
inundar. Si vienen los loros, te las van a comer. Y, no sé, cuántas otras cosas te podrían suceder. Debes tener más cuidado.
- Bah,- respondió el hermano panzón- si pierdo esta
cosecha hago otra y listo. Total…
Llegó el anochecer y Mnusú regresó a sus tierras. Era una hermosa noche y, antes de ir a dormir, todavía permaneció un buen rato al lado de su cosecha. ¡Estaba tan orgulloso de su trabajo!
No pasó demasiado tiempo antes de que llegaran las bandadas de pájaros, entre ellos, los loros. Pasaron como una enorme nube verde por sobre las tierras de Mnusú, miraron un poco y, como los maíces estaban cubiertos y protegidos, no los encontraron.
Por supuesto, cuando llegaron al campo de Boto, no tuvieron ningún problema en dar con las mazorcas. Nada pudo hacer el hermano panzón para espantar a esos pájaros comilones. Al final del día, muy poco quedaba de su cosecha. Algunos maíces todavía se conservaban, pero Boto no hizo nada con ellos. Allí quedaron, mezclados con los marlos masticados.
Y entonces, tal como ya había anticipado Mnusú, llegaron las lluvias. Nada le pasó a su cosecha, porque estaba protegida sobre la tarima.
No hace falta decir, que las mazorcas de Boto se cubrieron de agua y de barro y que ya no sirvieron para nada.
Cuando llegó el día de comparecer frente al rey, Mnusú transportó su enorme carga dorada. Con gran orgullo se la ofreció a su rey, quien se mostró sumamente complacido.
Boto no tuvo nada que entregar. Estaba realmente triste. Aún tenía muchísimo que aprender.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
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